Casas vacías

Mi vida se ha trazado viajando, recreando la sensación de hogar en cada nuevo espacio, en cada nueva luz, en cada nuevo tiempo. Quince años de flotar intensamente. 23 de dejar mi primera casa: la de mi niñez. Soy con el andar, me soy en el andar. He aprendido, he sido feliz, he llorado. En un reflejo especular feliz-no-feliz he construido un amigo, un enemigo, de la soledad. Soledad de espacios deshabitados que son, por instantes, míos; soledad de cuartos estériles de hotel; de casas efímeras llenas apenas de muebles usados por otros, por otras, siempre mudos. Amo y me aman y viajamos juntos y viajamos separados, atando a suspiros conexiones invisibles, sostenidos por la magia de amarse y de querer amarse. De amarnos y de querer amarnos. Mi soledad camina con mi poesía: que es triste, que delata la angustia del cuerpo que se abandona, la fragilidad de la memoria sobre los territorios que atrás quedan, el vapor de los seres que en otra dirección continúan, de lo que no volverá a ser.